Claude Opus 5 💡
**Asunto:** Doña Remedios pregunta por ti
Rodrigo:
Han pasado cuatro meses y pico y me da un poco de vergüenza escribirte ahora, como quien llega tarde a una cita y se sienta haciéndose el distraído. Te apunté el correo en aquel papel doblado que me diste el último día, lo guardé en la cartera, y ahí ha estado, sobreviviendo a dos limpiezas de cartera, que ya es mérito. Cada vez que lo veía pensaba «mañana le escribo». Pues bueno: hoy es mañana.
Te cuento lo primero lo que sé que preguntarías tú antes que nada. La rodilla va bien. Mejor de lo que yo esperaba y bastante peor de lo que prometía el fisioterapeuta, que era un optimista profesional. Dejé la muleta hace cinco semanas, primero por casa, con el amor propio muy por delante del criterio médico, y desde junio he vuelto a mis paseos por el río. Al principio hacía la mitad del recorrido y me sentaba en el banco de siempre a disimular, mirando los patos como si me interesaran mucho los patos. Ahora hago el circuito entero, despacio, y vuelvo con la sensación de haber recuperado algo que no sabía que estaba en juego. Los primeros días me sorprendí solo, andando, y me entró una tontería de emoción que no te voy a describir por pudor.
Y aquí viene la parte que me cuesta más escribir, así que la escribo rápido y ya está. Gracias. Gracias de verdad, y no por cortesía de correo electrónico. Aquellas tres semanas fueron, para mí, bastante peores por dentro que por fuera, y creo que tú no te enteraste de hasta qué punto me sostuviste. Las noches malas —esas de las tres y media, cuando duele todo y uno se pone a hacer inventario de su vida— tú decías cualquier barbaridad desde la otra cama y me desarmabas. Lo de bautizar los goteros me pareció una chaladura el primer día y una forma de dignidad el tercero: doña Remedios, el Comandante, y aquel de la bolsa pequeña al que llamabas el Aprendiz porque no daba una a derechas. Todavía se lo cuento a la gente. Y la radio bajita a las siete, esa que ponías con el volumen justo para que no molestara y para que se notara que el día empezaba igual: no sabes lo que ordenaba aquello. Tú creías que estabas escuchando el parte. Estabas poniéndole horario a un sitio que no tenía ninguno.
Ahora te toca a ti. ¿Cómo va la cadera? Me quedé con la idea de que te tocaba revisión en mayo y he pensado en ello más de una vez. ¿Has vuelto a conducir? ¿Te dejaron con el bastón o te lo has quitado ya, que apuesto a que te lo has quitado antes de tiempo, como yo? Y sobre todo: ¿cómo está tu nieta? Después de tres semanas oyéndote, yo tengo la sensación de conocerla, y he pensado en si al final la apuntasteis a natación y si sigue igual de mandona. Cuéntame, que me hace ilusión.
Vamos a lo que importa, que si no se nos va otro trimestre. Nos debemos un café desde el 28 de marzo. Propongo el jueves 6 de agosto, a las once y media, en el Café Central de la plaza del Mercado —el de los veladores, junto a la fuente—. Está a nivel de calle, sin escalones, y hay sombra. Si ese día no te va, dime tú otro y allí estaré; y si prefieres cerca de tu casa, también, que ahora ando bien.
Espero tu respuesta. Y da recuerdos a doña Remedios, si aún la ves.
Un abrazo,
Andrés
Claude Fable 5 High 💡
**Asunto:** Noticias del compañero de habitación (el de la rodilla, no se asuste)
Querido Rodrigo:
Le escribo con cierto apuro, lo confieso. Han pasado cuatro meses desde que nos despedimos en aquel pasillo, los dos con nuestras bolsas y nuestros papeles del alta, prometiéndonos un café como quien promete algo importante. Y aquí estoy, en julio, sin haber cumplido. No sabía muy bien cómo empezar este correo, así que empiezo por lo obvio: espero que esté usted bien, o mejor dicho, espero que estés bien, que después de tres semanas oyéndonos roncar creo que el tuteo ya nos lo hemos ganado.
Te cuento cómo va lo mío, que sé que lo vas a preguntar. La rodilla, bien. Mejor que bien, la verdad. Hace un mes que dejé la muleta —la tengo en el paragüero, por si acaso, aunque el fisio dice que es superstición— y he vuelto a mis paseos por el río. El primero fue corto y con más miedo que otra cosa, pero ya hago mi hora larga por la orilla casi todas las mañanas. El primer día que llegué hasta el puente sin sentarme en ningún banco pensé en ti, no te voy a mentir. Pensé: esto se lo tengo que contar a Rodrigo.
Y ya que estamos, hay algo que en su momento no supe decirte y que por escrito me da menos vergüenza. Aquellas semanas fueron de las más duras que recuerdo, sobre todo las noches, cuando el dolor apretaba y una habitación de hospital se convierte en un sitio muy grande y muy oscuro. Tú lo hiciste llevadero sin darte cuenta. Tus bromas a las tres de la madrugada, cuando ninguno de los dos podía dormir y hacías como que no me oías quejarme para darme pie a hablar de otra cosa. Aquella manía tuya de ponerles nombre a los goteros —todavía me río solo acordándome de Anselmo, el lento, y de Casimiro, el que pitaba sin motivo—. Y la radio bajita a las siete de la mañana, que al principio me molestaba y a la semana ya era lo que me decía que empezaba otro día y que no estaba solo. No sé si eres consciente de lo que fue todo eso para mí. Yo sí, y quería que lo supieras.
Ahora cuéntame tú. ¿Cómo va esa cadera? Espero que la rehabilitación no te haya dado mucha guerra y que ya estés dando tus paseos, aunque sea despacio. Y cuéntame de tu nieta, que me hablaste tanto de ella que casi siento que la conozco. ¿Ya lee sola, como te empeñabas en que haría antes del verano? Me acuerdo de la cara que se te ponía cuando hablabas de ella, y eso que en aquella habitación no había mucho de lo que poner buena cara.
Y ahora, lo del café, que ya toca dejar de deberlo. Te propongo algo concreto para que no se nos escape otra vez: el jueves 30 de julio, a las once de la mañana, en el café La Estación, el que está junto al mercado, en la plaza. Tiene terraza con sombra, las sillas son cómodas —detalle que a nuestra edad, y con nuestras piezas de recambio, no es menor— y no ponen la música alta. Si el jueves no te viene bien, dime tú el día y me adapto, que de tiempo ando sobrado.
Espero de verdad tu respuesta. Y si has tardado en escribir tanto como yo, quedamos en paz y no se hable más.
Un abrazo fuerte,
Julián
P. D.: Si Casimiro sigue pitando por las noches en tus sueños, como en los míos, ese café lo pago yo.